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Recomendaciones

Lo siguientes títulos están recomendados para los lectores de cada una de las secciones.

Esta selección es apoyada por la biblioteca y los departamentos de español e inglés del Colegio.

Lectura del mes

Luis Sepúlveda

En esta ocasión nuestra habitual sección dedicada al Autor del Mes se transforma en la Lectura del Mes, en homenaje al escritor chileno Luis Sepúlveda, quien lamentablemente falleció en el mes de abril, víctima de la Covid-19. Se trata de un fragmento de ‘La historia de una ballena blanca’, una novela para niños de 8 a 88 años que nos invita a reflexionar sobre nuestra forma de relacionarnos con el otro, de interactuar con las diversas criaturas de la naturaleza, entre ellas el ser humano, un tema propicio ahora que, gracias a nuestro aislamiento, observamos más fácilmente el impacto que nuestra actividad genera en el medio ambiente. Les invitamos a leer esta obra, narrada desde la voz de una ballena blanca, por medio de la cual el artista explora los cambios que ha sufrido el mar por la acción humana y la forma en que podríamos proteger la naturaleza, basando nuestro obrar en el amor y el respeto hacia ella.

 

Compartimos con ustedes el capítulo número cuatro

La ballena blanca

 

La ballena habla de lo que aprendió de los hombres

En el mar abierto y a mucha distancia de la costa vi navegar un gran barco. Era una bella embarcación con tres palos apuntando al cielo, que sostenían las velas combadas por el viento. Navegaba con gracia, sorteaba bien las olas y en la cubierta los tripulantes se entregaban a las tareas de mantener el rumbo.

Me sumergí, avancé y emergí hasta quedar cerca del barco, también a sotavento para acompañarlos en su travesía. Me vieron y escuché sus voces de asombro: «¡Una ballena blanca!», pero entonces un estridente silbato los alejó de la borda y volvieron a sus tareas.

No era la primera vez que me acercaba a una embarcación conducida por hombres y siempre me alegraba al oír sus gritos de admiración y asombro. En más de una ocasión decidí saludarlos saltando y azotando la aleta caudal antes de sumergirme. Me extrañó la actitud de los que iban en ese barco y me pregunté si tal vez se habían acostumbrado a la presencia de ballenas en el mar. Para mí no era extraño ver sus embarcaciones, que a veces navegaban hacia las aguas cálidas, y otras hacia las aguas frías; pues donde termina la tierra firme, este mar que habito se une a otro al que nunca he ido ni iré, porque la furia del oleaje es superior a cualquier fuerza y el riesgo de acabar despedazado contra los arrecifes es muy grande. Los hombres llaman a ese lugar que une los mares cabo de Hornos, y cuando pronuncian su nombre tiemblan.

Pese a la indiferencia de los navegantes decidí acompañar al barco un tramo más, y entonces, al emerger por cuarta vez, vi la otra embarcación navegando en la misma dirección.

Se trataba también de una soberbia nave, sus velas hinchadas la hacían navegar más rápida que la primera y muy pronto la alcanzó. Me pregunté cómo sería el encuentro entre los hombres en el mar. Cuando las ballenas nos convocamos, sea para el apareamiento o para cuidar de las hembras que paren y de las crías que nacen, nos movemos en círculos, saltamos, nos dejamos caer de espaldas y nos impulsamos a ras de la superficie batiendo la aleta caudal. La alegría del encuentro se manifiesta en los bufidos al soltar el aire de los pulmones, en los giros sobre nuestros propios cuerpos, en los cantos, silbidos y chasquidos. ¿Qué harían los hombres para manifestar la alegría del encuentro?

Cuando la nave más veloz alcanzó a la primera, se oyó un ruido tan potente como los regaños de las nubes negras durante las tormentas, más aterrador que el del rayo al desgarrar el aire y estrellarse contra las rocas o las olas, y ese fue el saludo despojado de cualquier alegría que se dieron los hombres.

A los costados de las dos embarcaciones asomaron unas bocas negras que escupían fuego y repetían una y otra vez el pavoroso ruido. Muy pronto, la primera nave empezó a arder y a soltar astillas en llamas que caían al mar, los palos que sostenían la velas cedieron y se derrumbaron entre los gritos de odio, miedo y desesperanza que proferían los hombres al saltar por la borda.

La primera embarcación, medio destrozada, no tardó en hundirse, y la segunda nave se alejó entre el griterío alborozado de los que celebraban su victoria. Los cuerpos de muchos vencidos yacían en el agua, algunos intentaron mantenerse a flote, pero no tardaron en sucumbir a la fatiga y también se convirtieron en manchas inmóviles a merced del vaivén de las olas.

Me pareció muy extraño el comportamiento de los hombres al encontrarse en el mar. La minúscula sardina no ataca a otra sardina, la lenta tortuga no ataca a otra tortuga, el voraz tiburón no ataca a otro tiburón. Al parecer, los hombres son la única especie que ataca a sus similares, y no me gustó lo que aprendí de ellos.

Sepúlveda, Luis (2019). La historia de una ballena blanca. Barcelona: Editorial Tusquets.

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