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Sofía: Jadeando, le entregué el permiso de
salir a Libardo (por despistada se me olvidó, y
luego piqué para conseguirlo) y con la consciencia casi tranquila, me senté
en el puesto que me cuidaban en el bus. De camino a la fundación, donde nos
tocaba pasar el día compartiendo juegos y dulces con niñitos apenas menores
que nosotros, la pasé pensando: ¿cómo nos recibirían?, ¿les gustarían
nuestros juegos? Después de rehacer dos o tres tarjetitas de nombres que se
habían perdido, de pasar varios inquietantes minutos (¿fueron diez o una
hora?) de viaje, llegamos a un sitio de casetitas anaranjadas pálidas y azul
desgastado, con caminitos de cemento y
ladrillos (los había en algún lugar colocados para formar golosas), y fuimos
conducidos colina arriba hacia la capilla. Allí dentro reinaron los nervios, la
incertidumbre y las ansias, mientras Marquitos, una directriz de la
institución y el padre, nos preparaban moralmente para el encuentro.
Entraron, en filita india, tantos o más niñitos que nosotros y se sentaron,
también charlando nerviosamente con sus amigos. En ese momento desapareció la
tensión y hasta las onces todo fue viento en popa (al parecer les gustó el “pictionary”).
Las onces, que
fueron divididas como el pan de Jesucristo, fueron satisfactorias y llenaron
el hambre que había quedado después de tantos nervios. A los niños con
quienes nos asignaron se les notaba que ya nos habían cogido bastante
simpatía y charlábamos ya con tranquilidad. Después de medio perrito
caliente, una media mandarina y medio vaso de coca cola, se nos asignó la labor de pintar, cada
grupo, un mural de cómo veíamos y qué no nos gustaba de Colombia. Los niñitos
al parecer disfrutaron mucho pintando cositas como arbolitos, pajaritos, florecitas y todo lo que se les pudiera ocurrir. El mural
lo hicimos con dicha, pero luego llegaron las dificultades. Primero: teníamos
que ponernos un nombre de grupo. Nosotras ya desde antes habíamos decidido
llamarnos Los Increíbles, pero decidimos que era apenas justo que los niñitos
pudieran poner su opinión, y así empezamos: los niños decían que Power Rangers y la opinión de
las niñas se balanceaba entre Los Tallarines, Los Tiburones y otras cosas
más. Como queríamos acabar el caos y dar buen ejemplo, decidimos que lo mejor
era la democracia.
Luego sentamos a los niños, nombramos los “candidatos” y
explicamos por qué esto contribuye al país (además de explicarles que Power Rangers era muy
complicado de actuar y que la canción del tallarín y del tiburón nos la
sabíamos todos, y que trataran de pensar en un nombre poco complejo y fácil
de actuar). Hubo un minuto para pensar, y el tiburón ganó unánimemente. La
presentación, eso sí, la presentación no nos salió tan bien, pues les daba
mucha pena actuar y presentar ante casi-extraños más grandes que ellos.
Bueno, llegó el almuerzo en la forma de
una hamburguesa que casi nadie pudo acabar y luego de reposar durante un rato
(y de escribir a toda las pistas del tesoro escondido), dos de nosotras nos
quedamos en un lugar visible para poder arreglar el tesoro (que estaba dentro
de mi maleta, que estaba puesta en mí), para por si acaso se refundía una pista,
etc. y las dos “coordinadoras de grupo” restantes iban al lado de los
excitados niñitos para ayudarlos a descifrar los enigmas. El juego acabó
cuando los niños encontraron la última pista, y me vi
obligada a correr para no ser atropellada; terminó cuando cada uno recibió su
porción de tesoro, y cuando triunfantes se sentaron a saborearlo. Para
entonces debíamos ir ya al bus de regreso, y con pesar nos despedimos de los
niños de la fundación. ¿Iremos allá el año próximo? ¿Cómo estarían entonces? Nadie sabe…
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