Una Incapacidad Alarmante
Por: Ana María Restrepo
Año 1927, Padre Francisco Margallo en la ciudad de Bogotá alarma a muchos de sus habitantes con su célebre profecía “el 31 de agosto de un año que no diré, sucesivos terremotos destruirán Santafé”. Miércoles 15 de agosto del 2007, pánico, oscuridad, asfixia, claustrofobia. La ciudad de Pisco, Perú, ubicada en la costa del país, se sacude con un terremoto de 7,9 grados, dejando un total de 519 muertos, 1.366 heridos y más de 71.000 familias damnificadas. Lunes 27 de agosto del presente año, Tumaco, pueblo situado en el sur occidente de Colombia, se ve afectado por un terremoto de 4,6 grados. Mañana del 28 de Agosto (también del presente año), un hombre identificado como funcionario de Ingeominas, llama a varias entidades públicas de la capital colombiana a informar sobre un posible sismo a las 5 p.m. de ese día. El centro de la cuidad se paraliza. Se ven evacuaciones en la mayoría de los edificios del centro y en diferentes colegios y lugares alrededor de la cuidad. Noticias de última hora interrumpen la programación de los canales privados de la televisión colombiana. Las principales emisoras de radio empiezan a dar consejos y a dar la “noticia” del sismo que está por destruir miles de trabajos, edificios, casas, familias, personas, una cuidad. La gente empieza a entrar en pánico, los bomberos van por las diferentes calles de la ciudad esperando algún desastre para arreglar, los policías salen a las calles a tratar de controlar y tranquilizar a los ciudadanos atemorizados. 5 de la tarde, nada pasa. 5:30 de la tarde, todavía nada pasa. Miércoles 29 de agosto de 2007, no ha pasado nada.
¿Hay forma de avisar sobre un posible terremoto? No. ¿Cómo es entonces, que una cuidad entera se paraliza y entra en pánico por una llamada? ¿Cómo es que a nadie se le ocurre llamar directamente a Ingeominas a averiguar que es lo que realmente pasa?
Parte de Bogotá entró en pánico por un posible terremoto que se venía anunciando desde hace 8 décadas, a eso se suma el hecho de un terremoto real y muy destructivo, uno no tan destructivo y una llamada que rebosó la copa. ¿Existe en verdad alguna confianza del pueblo hacia las autoridades, tal que cuando desmienten un rumor, no les creemos? ¿Podríamos manejar una situación así cuando realmente se nos presentase? Claro está que si nos dejamos tumbar y alarmar por un rumor, un terremoto no solo nos tumbará, sino que nos revolcará y estremecerá hasta dejarnos sin aliento.
Lo impactante del asunto no es el miedo de la gente ni lo incapaces que somos al tener que reaccionar frente a una situación de grave peligro. Lo impresionante en verdad es lo fácil que nos dejamos llevar por cosas que no entendemos, o cosas sobre las cuales estamos mal informados.
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