Por: Mariana Gaviria
Muchos de ustedes no saben que hoy, y desde hace un buen tiempo, el colegio tiene, así como equipo de futbol y basket, equipo de gimnasia olímpica. El boom gimnástico se dio hace como un año cuando nos dimos cuenta que el equipo de cheers no tenía futuro y vimos que unas niñas de un metro veinte podían hacer paloma, media luna volada, round-off, flic-flac, flic-flac, mortal, y lo peor de todo ¡SOLAS! Las grandes no nos podíamos quedar atrás y convertimos nuestro vocacional de danzas en una clase de gimnasia. Este año pudimos incorporar la gimnasia como un deporte más.
No tenemos el nivel de una Nastia Liukin, campeona olímpica, pero tenemos infantil y única, o mayores para los que hablan en idioma fútbol, que pronto participarán en el campeonato UNCOLI de gimnasia. Y es que ser gimnasta no es nada fácil, no es, cómo muchos creerían, montarse en un mini trampolín, tener equilibrio en un palito y abrirse de piernas. En cada entrenamiento tenemos que calentar por lo menos media hora, estirando cada músculo de nuestro cuerpo. Tenemos que tener un buen “pique”, fuerza de brazos, piernas, abdominales, equilibrio, flexibilidad de hombros, espalda y piernas.
Cada caída de la viga, cada balanceo en las barras, cada pellizco con el trampolín, o cada mal paso en la carrera de la tira acrobática, es la posibilidad de un morado que se va a notar en el concurso, por la diminuta porción de piel que cubre la trusa. Sí, no tenemos pantaloneta y camiseta como el resto de equipos, tenemos una trusa, y aunque no estemos acostumbradas a usarla, nos la ponemos porque nos apasiona, y nos llenamos de adrenalina cada vez que en nuestro esquema tenemos un elemento nuevo, completamos todo con puntas de pies y sin tropiezos, y desafiamos la gravedad con cada salto que damos.
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