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Todas las mañanas me levanto y miro por la ventana. Lo que veo  contrasta tanto con lo que veía cuando vivía en Bogotá, que no puedo dejar de pensar en lo afortunada que soy pudiendo vivir en un lugar como Arboretto. Cuando salgo a las seis y cinco a esperar el bus del colegio, miro a las montañas y muchas veces se ve una línea amarilla brillante que contrasta el cielo azul brillante con  la montaña que se empieza a iluminar con los primeros rayos del amanecer. Como mi casa queda detrás de la montaña por la que amanece en Bogotá, siempre puedo ver el amanecer antes,  reflejado sobre la laguna de San Rafael, lo que hace el paisaje aún más lindo. Y no sólo tengo a la vista un embalse caminando diez minutos, también tengo un bosque de pinos con sólo mirar por mi ventana. Auque, si camino diez minutos por entre las calles de Arboretto, llego a un lugar donde se ve la laguna perfectamente y donde el bosque cubre la vastedad de la montaña.
           

Estas caminatas son de las mejores cosas que tiene el lugar donde vivo. Mucha gente piensa que vivo en un lugar congelado y que salir a caminar es como lanzarse a un frío infernal, pero en realidad no es así. Como en Bogotá, cuando hace sol hacen días calientes  también de este lado de la montaña, haciéndolo un lugar agradable para salir a pasear. En estos días se pueden ver por las calles familias con niños pequeños caminando por ahí,  niños no tan pequeños montando en  bicicleta con sus amigos del conjunto,  gente sacando a pasear a su perro, como yo  que frecuentemente paseo a mi perro Max.         
           

Creo que lo que más me gusta es la idea de que es un conjunto. Siempre había vivido en edificios y esto no tiene comparación con uno de éstos. Acá todos se conocen y mucha gente es muy amiga de los vecinos. Sólo por las mañanas, cuando salgo al paradero, sale un grupo de señoras a caminar, muy cumplidamente, despertando a su cuerpo con el frío de la mañana. También me encuentro con mis vecinitos del colegio y a veces hablo con sus papás, algo que nunca solía hacer en un edificio. Y cuando me subo en el bus me gusta mirar por la ventana el paisaje que se va, después de que todos se despiden de mi perro como si fuera parte de la familia. Es impresionante, todo el conjunto conoce a Max, hasta los obreros.
           

La verdad, vivir a las afueras de Bogotá es una de las mejores cosas que puedo tener en mi vida. Y no sólo por el paisaje que veo todos los días, no por que me levanto con el ruido de los pájaros y no con el de los carros o de los vecinos que hacen ruido, sino por que es como una gran comunidad en medio de una montaña al lado de un bosque. Es realmente un lugar increíble para vivir, y sólo es a 15 minutos de Bogotá.


 
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